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Acha  revolucion cultural 1

Juan Acha: La Revolución Cultural

Publication

Oiga, No. 386, Año VIII

Language

Spanish

Lea la traducción al inglés aquí. Read the English translation here.

La Ley de Industrias última ha destruido toda duda: asistimos al despertar de un espíritu revolucionario: marchamos hacia una justicia socioeconómica que—se supone—debe moldear una nueva mentalidad. Ante esta situación, un grupo de artistas jóvenes ha principiado a manifestar, en hojas mimeografiadas, actos y discusiones, la necesidad de una revolución cultural.

Y es que la transformación de las estructuras socioeconómicas—aún la más radical—no es suficiente para cambiar las bases de la mentalidad humana y, por ende, de la sociedad. Indispensable la compañía de la revolución cultural y la sexual, tal como desde hace dos años postulan los jóvenes del mundo entero. Error sería, por lo tanto, condenarlos o hacer de sus manifestaciones una cuestión policial, en lugar de intentar comprenderlos. No vaya a suceder que a última hora y ante la presión de otra revolución más vigente, tengamos que poner en práctica sus ideales apresuradamente.

Según lo exige la actual revolución industrial y de acuerdo a los cambios socioeconómicos ya iniciados entre nosotros, tenemos una reforma de la educación que adiestrará idóneamente a las nuevas generaciones para la producción tecnológica. Pero todavía no se enfrentan los problemas cualitativos del consumo (uso de utensilios, arte y tiempo libre) en los que la revolución cultural y la sexual tienen mucho que ver.

La cultural propugna una nueva mentalidad, o sea, una sociedad de individuos libres y respetuosos de la libertad de otros. (La sexual concierne a la liberación de la mujer, además del propósito de devolverle alegría a las prácticas del amor). La nueva sociedad estaría exenta de discriminaciones y jerarquías, de temor y desconfianza hacia las instituciones, funcionarios y leyes. El zapatero, médico, obrero e ingeniero serían iguales individual y culturalmente (cultura en el sentido antropológico).

Tomando la cultura como un obligado proceso de cambios (característica de Occidente) tal o cual obra puede ser más valiosa que otras de su mismo género, pero su valor no se hará extensivo a la profesión como gremio (institucionalismo) ni a la persona como ciudadano (vedetismo). Porque la revolución cultural consiste precisamente en dar una nueva interpretación a los valores específicos y circunstanciales de la obra o ruptura cultural. Para el efecto, los jóvenes comienzan atacando los valores culturales de una sociedad injusta como la burguesa.

La cultura—conjunto de actos y obras libres—es para la burguesía un sistema de valores que impone ideas y una falsa conciencia (ideologías) muy proclives a “fetichizar” las obras culturales. Así, la cultura se torna en culto o liturgia, y luego en arma de poder y represión. Se construyen, dictan y conservan valores que separan al hombre, en lugar de hermanarlo. El hombre “culto” y el artista son endiosados con el fin de hacerlos mirar desde arriba a los demás y esterilizar su espíritu crítico. Todo esta mistificación impide el desarrollo del mutuo respeto humano y obstaculiza hasta la misma existencia y subsistencia del hombre.

La cultural occidental lleva consigo el germen de su constante trasmutación, que la burguesía hace pasar por cambios formales y hoy los jóvenes identifican con mutaciones radicales. Los valores culturales—sostén de la clase dominante—se encuentran en decadencia; no el hombre ni la cultura. El valor, ya sea en el sentido de buena calidad o de adquisición y consumo de un objeto determinado, depende del privilegio e imposición de una clase dominante; no importa si es una silla, un cuadro, un club, una casa o una costumbre. ¿Puede una nueva sociedad conservar estos valores? Indudablemente urge emprender una completa trasmutación de valores, pues una inversión o sustitución acarrearía los mismos vicios. Los jóvenes no desean remplazar los valores de la clase dominante por los de la clase dominada—media o baja—; tampoco pretenden sustituir la plutocracia por una burocracia, la oligarquía por una tecnocracia o la aristocracia por una élite cultural. Ellos quieren libertad.

Si algunos artistas ya principian a mencionar la revolución cultural, es porque son consecuentes con la trayectoria que viene trazando su arte desde hace un siglo. La pintura y la escultura han venido destruyendo valores hasta encontrarse hoy en la necesidad de subvertir los conceptos de arte y cultura—impuestos por la burguesía y todo sistema de poder—con el fin de adecuar el arte a la nueva sociedad deseada y, así, poder contrarrestar los efectos nocivos de la revolución industrial (sociedad de consumo). Los valores artísticos, y el arte mismo, han perdido solvencia cultural. Para estos artistas no existe arte ni artistas, sino actos artísticos como facultad inherente al hombre en general. El arte—al igual que la moral—no es profesión ni exclusividad de unos cuantos. En una nueva sociedad se enseñará al niño a producir arte sin saber lo que es arte; en ningún caso se le amarrará al consumo de Leonardos, Renoires, Picassos y Mondrianes. Cada uno debe producir arte sin esperar espectadores, éxito o venta.

Los partidarios de la revolución cultural ven en las escuelas de arte, casas de cultura, departamentos de extensión cultural, “agregadurías” culturales, crítica y museos, simples difusores de los valores burgueses, denominados “tradicionales”. Estas instituciones dan la espalda a la revolución cultural: no fomentan la producción individual ni encaran los problemas de información, tan importantes para cualquier revolución; tampoco se preocupan por crear defensas contra las manipulaciones represivas de los medios de comunicación masiva (prensa, TV, cine, tiras cómicas). Simplemente difunden cultura burguesa.

Los revolucionarios o guerrilleros culturales no sólo quieren destruir. Ellos buscan lo que la gente más teme: la libertad de comportamientos individuales dentro del respeto humano. Consecuentemente, todo programa cultural o sistema artístico que les reclamemos, sería contraproducente: iría contra la libertad, que es continua e "incómoda" elección circunstancial. Estamos tan acostumbrados a pensar y obrar apoltronados en sistemas, definiciones y valores, que no podemos resistir ni comprendemos que otros sean libres o quieran serlo.

Juan Acha

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