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Av1 001

Por una nueva problemática artística en Latinoamérica

Publication

Artes Visuales

Publisher

Museo de Arte Moderno (MAM), Mexico City

Language

Spanish

Read the English translation here. Lea la traducción al inglés aquí.

El principal problema artístico de nuestra América estriba –a mi juicio– en la no-formulación de problemas oriundos; de aquellos susceptibles de brotar de nuestra más íntima realidad tercermundista que, de suyo, implica mutación y transitoriedad. Es decir, precisamos una nueva problemática latinoamericanista que, como tal, posea doble articulación: que haga frente a las cuestiones de la estética desarrollista que hoy practicamos y que, al mismo tiempo, dé cara a las que originaría la formulación de una nueva o, lo que es lo mismo, de una manera diferente y realista de conceptuar el arte, y ayude a encauzar nuestra mutación tercermundista en lo sensitivo y contrarreste los excesos y defectos del desarrollismo.

La estética desarrollista comprende los problemas cuyas soluciones están encaminadas a posesionarnos del arte culto y a practicarlo según las normas de los países avanzados y en sus mismos niveles. A estos problemas se agregan consecuentemente los que todavía no hemos planteado a causa de nuestro atraso con relación a las naciones que, precisamente, ya los tienen aclarados y, en gran parte, solucionados. Impelidos por el desarrollismo, por esa ansia de seguir los pasos que nos trazan los países ricos, tarde o temprano tendremos estos problemas en nuestras manos.

Esta estética, como sabemos, transcurre según modelos foráneos, reduciéndose a la mera consecución del arte culto existente en otros mundos para difundirlo en el nuestro. Ella, en fin, está ya programada y dista mucho de agotar nuestras posibilidades artísticas y de cubrir todas las actividades de nuestra sensibilidad. Sobre todo, si nos atenemos a lo que hoy postulan algunos artistas jóvenes en casi todos los países. Porque, en tal caso, estaremos forzados a convenir que nuestro desarrollismo persigue un arte impugnado ya de cabo a rabo; un arte considerado insuficiente, si no inapropiado, para los tiempos que corren y sus fuerzas precoces; un arte que ha resultado espurio para un Tercer Mundo ávido de cambios de toda índole.

La necesidad de darle a nuestros países un nuevo giro social y cultural trae consigo la obligación de preguntarse hasta qué punto podemos y debemos darle un nuevo curso al arte. No se trata, desde luego, de pormenorizar en frío una nueva estética para que la ejecuten nuestros artistas, sino de establecer simplemente los porqué de la necesidad que tenemos de ella. A lo sumo, nos tocaría delinear las bases sobre las cuales los artistas deben actuar –o han comenzado a moverse– con el fin de forjar una estética que, diferente, comprenda tanto nuestras solicitaciones y prácticas cuya naturaleza artística es hoy reconocida, así como nuestras otras apetencias y actos sensitivos de los cuales no tomamos conciencia ni están considerados dentro del arte.

Las bases de una estética así se encuentran latentes o en cierne en nuestra realidad, y es cuestión de descubrirlas, para luego establecer sus ventajas y desventajas y poder encauzarlas. Su delineamiento constituye, por lo demás, la finalidad de estas notas de carácter preliminar y limitadas a las artes visuales.

Por una nueva problematica av1 1973
Texto de Juan Acha, tal como apareció en Artes Visuales, No. 1, Invierno de 1973. Publicado por el Museo de Arte Moderno, Instituto Nacional de Bellas Artes y Secretaría de Educación Pública, México D.F., 1972. Cortesía de Carla Stellweg.

América Latina tuvo siempre dos maneras contrapuestas y predominantes de conceptuar el arte, que pueden servir de punto de partida para revisar nuestras posibilidades y prácticas artísticas. Una, la intelectualista, que se atiene exclusivamente a las razones ontológico-estéticas e histórico-artísticas para determinar el curso del arte culto o bien negarlo. La otra, la subjetivista o psicologista, que opta por una emotividad adversa a las ideas como la mejor y más eficaz guía del arte, puesto que confunde la espontaneidad y el narcisismo con la libertad de criterio, de por sí racional.

Ambas maneras han existido siempre en nuestro Tercer Mundo, como dije. Son antagónicas entre sí. Pero coinciden en la creencia de que existe una esencia que determina los cambios artísticos y humanos, por lo general leves, así como coinciden en llevar el arte por caminos equivocados, alejados de nuestra legítima realidad y de nuestra autodeterminación. Sin embargo, son necesarias cuando se corrigen mutuamente y, en especial, cuando entran en interacción con una manera sociológica de mirar las cuestiones artísticas.

El intelectualismo artístico propugna el predominio del hombre pensante que, conocedor de historia y teoría del arte, sea hábil para el manejo y expresión de las ideas. El historicismo y el esencialismo –u ontologismo– son, en cambio, sus proclividades, tornando las ideas en imperativos artísticos. Con desaforada vehemencia axiológica quiere establecer lo que es el arte para, a renglón seguido, prescribir lo que ha de ser el hombre y la sociedad que desea producirlo o consumirlo. Como resultado, las actividades artísticas se convierten en ejercicios intelectuales y en un obrar dentro de la problemática occidental de la historia y teoría del arte; como si el arte de América Latina fuese una rezagada continuación del de los países adelantados.

Para esta manera de conceptuar el arte, todos los problemas artísticos radicarían en la mera autorización, tanto de las manifestaciones del arte culto ya oficializadas afuera, como de las tendencias que niegan este arte. En este último caso, los intelectualistas se limitarán a los argumentos que conciernen a la superestructura y a la periclitación del arte culto y objetual y se atendrán a imitar los hechos o tendencias foráneas, ya que carecen de metas propias y no parten del hecho real de la periclitación para buscar razones y ventajas sociológicas, tercermundistas. La necesidad de una nueva estética será para ellos intelectual y no vivencial; de imitación superficial más que existencial.

Con todo, ellos han logrado lo que se proponían. Porque sucede que es en las ciudades latinoamericanas con mayor tráfico de ideas donde se han dado nuestras mejores obras de arte visual en términos occidentales, colmando así nuestras aspiraciones desarrollistas. Pero se han dado en el terreno cualitativo de tendencias conocidas y/o en el de la creación de nuevas. Podemos registrar, incluso, la introducción de innovaciones importantes en la obra de arte, pero sin que esto haya dado lugar al desarrollo de nuevas tendencias de importancia occidental. Una cosa es alcanzar la mera calidad estética y otra crear una tendencia.

La razón del fenómeno es clara y eminentemente desarrollista: en una constelación cultural como la occidental, a la que pertenecemos, es imposible que los artistas del Tercer Mundo respondan a situaciones sociales nuevas y avanzadas, hoy producto de la alta industrialización, de la prosperidad económica y de los medios masivos; situaciones que posteriormente aparecerán en el resto del mundo junto con el arte que responde a ellas, a medida que se desarrolle. El hecho de existir algunas ciudades latinoamericanas de elevados niveles culturales no altera el mecanismo de la creación de tendencias artísticas, aunque mejora el proceso de la calidad artística.

Como es de suponer, no es cuestión de echar por la borda al intelectualismo, sino de librarlo de vicios y encauzarlo. No es materia de desterrar las ideas ni los conocimientos; al contrario: posesionarnos de ellos, pero tomándolos como valiosas e indispensables herramientas para estudiar nuestra realidad tercermundista en sus mutaciones infraestructurales, psicosociales y sensitivas, para lo cual nos es menester mayor movilidad fuera de la historia y teoría del arte, ambas por lo regular limitadas a las cuestiones de la superestructura del arte.

Con nuestro subjetivismo artístico sucede lo contrario: ahoga toda curiosidad intelectual con el propósito de dejar el arte a merced de nuestro irracionalismo emocional. Si bien esta posición no ha generado nuestras mejores obras artísticas en la escala occidental de valores, ha opuesto la idea de un “ser” latinoamericano –o nacional– de una identidad colectiva basada, ora en el indigenismo (autoctonismo), ora en nuestro mestizaje cultural o en el racial, creando de esta manera la necesidad de operar fuera del arte culto occidental y produciendo nuestras obras más contrapuestas a los gustos y dictados artísticos de Europa y Norteamérica.

No podemos negar la importancia de los impulsos que contiene este modo de mirar el arte. Ellos son útiles para comenzar a transitar por los caminos inhollados del arte. Pero se irán de bruces al no estar acompañados de ideas. Sus errores son también conocidos: el arqueologismo raya en el anacronismo; el nacionalismo toma ribetes xenofóbicos; el popularismo se reviste de paternalismo y demagogia con el pretexto de obrar con sentimientos socialistas. Se exalta el arte prehispánico como fuente de inspiración obligada del arte culto o, como reemplazo de éste, se ensalza el folclore. Como alternativa se llega al distribucionismo: producir arte culto para el pueblo o difundir el existente en su nombre.

Aunque ya quedó muy atrás el imperio del rabioso nacionalismo, autor de todos estos errores garrafales, el subjetivismo artístico subsiste aún y nos urge despojar su problemática de simplismos. Porque el arte de un mundo en constante y brusca mutación, como el tercero a que pertenecemos, no puede reducirse a una simple cuestión de oponer lo existente en nuestro pasado y en nuestras mayorías demográficas, ni sus problemas pueden resolverse con la idea de inamovilidad que implica la creencia en una identidad colectiva hecha y derecha, fija e inmutable, receptora y motor del arte. Siendo ineficaces por separado las dos actitudes hasta aquí descritas, lógico sería proponer su unión intercorrectora. Pero esto no basta, pues les hace falta enfocar de lleno el mecanismo de nuestras actuales mutaciones. Necesitan, por consiguiente, un elemento que las mantenga unidas hasta lograr su interdependencia y, a la vez, las guíe hacia las causas y consecuencias psicosociales, sensitivas, de tales mutaciones. Y este elemento no puede ser sino el criterio sociológico, propiamente tercermundista. La solución no es nueva, por cierto. Ella flota en el ambiente y los artistas de todas partes la ponen hoy en práctica: parten de lo sociológico, y lo estético se da como subproducto. Al fin y al cabo, el arte es un producto social y si en el pasado sucedía al revés, era a causa de la quietud social y cultural.

Al impartirle una dirección sociológica a nuestra problemática artística, tendremos que situar nuestras manifestaciones estéticas en la realidad de unas sociedades heterogéneas que los efectos de la revolución tecnológica han puesto en constante y radical transformación mental y sensitiva. Como resultado de los cambios ecológicos causados por los objetos y los medios masivos, en cuyo manejo interviene el imperialismo cultural que sobre nosotros ejercen los países desarrollados, aumenta la diversidad de nuestras situaciones sociales, culturales y artísticas que van de lo feudal a lo industrial, del analfabetismo a la cultura de masas.

En una situación así, tan movida y transitoria en lo sensitivo y lo mental, ya no es posible pensar en una solución artística única y fija, ni mantener separadas, por jerarquías, las diferentes manifestaciones de nuestra sensibilidad. La mejor solución consistirá, por lo tanto, en promover el pluralismo estético, que no es otra cosa que darle personalidad “jurídica” a la diversidad de manifestaciones que de facto existen en toda colectividad, para que se conjuguen sin jerarquizaciones previas.

Los problemas se ampliarán y variarán al entrar las diferentes proposiciones artísticas en el libre juego de la oferta y la demanda, en los tan poco estudiados mecanismos de producción y consumo, flujo e intermediarios, que el fenómeno artístico tiene en cada sector de la colectividad. Surgirá el problema de la necesidad del arte culto, cuya importancia depende de la ascendencia que en la colectividad poseen las minorías, sobre todo la cultural, la única que puede evitar que este arte pierda sus virtudes subversivas, se convierta en arma de represión y sea dócil a los dictados foráneos y desarrollistas. Ella es su único usuario, pues la mayoría por naturaleza sólo puede ser su beneficiaria a través de ese uso. Aparecerá también el problema de la insuficiencia de este arte y de sus búsquedas de manifestaciones de igual radio de acción y potencialidad artística que tienen los medios masivos. Porque sólo así podrá contrarrestar los efectos sensitivos y culturales de éstos. Lo cual le significará dejar de ser “culto”.

Igual derecho a solución tendrán los problemas de enfocar la sensibilidad, la cual incluye nuestras reacciones diarias de agrado y desagrado, productos de la educación y ecología, además de los medios masivos. Su solución será muy afín a la “pedagogía del oprimido” que propone Paulo Freire. La nueva problemática se caracterizará, pues, por su amplitud sociológica.